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jueves, 15 de marzo de 2012

15 de marzo de 1878, Protesta de Baraguá

Hay hombres, nos dijo Martí, que llevan en sí el decoro de muchos hombres. "Esos son los que se rebelan con fuerzas terribles contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres. Va un pueblo entero, va la dignidad humana". Así fue el General Antonio Maceo y Grajales. Cuando —después de diez años de sacrificio y sangre— los débiles y los cansados, los oportunistas y los equivocados se dejaban convencer por la diplomacia del representante de la Corona española en Cuba y aceptaban una paz sin independencia por la cual habían luchado, fue él quien "se rebeló con fuerza terrible" en los Mangos de Baraguá el 15 de marzo de 1878. Hasta ese momento, Maceo no había sido más que un jefe regional, héroe de cientos de batallas, pero figura todavía secundaria en la dirigencia del Ejército Mambí. Entonces, cuando otros se opacan y ceden, cuando algunos se inhiben —que es un modo táctico de acceder—, él asume toda la responsabilidad heroica y se convierte en el portavoz del decoro de Cuba. No lo deslumbran los entorchados de los uniformes de gala que visten los enemigos en la memorable entrevista, ni se deja sorprender por frases bonitas o por supuestos honores. Exige lo que debe exigir: la plena libertad de Cuba y la plena emancipación de los esclavos. Y legó a las generaciones pasadas, actuales o futuras la página más hermosa de la resistencia de los patriotas cubanos: La Protesta de Baraguá. La escena es breve. Cuando el "Pacificador", el general español Arsenio Martínez Campos trata de leerle el texto del Pacto firmado en el Zanjón, Maceo, enérgico, lo detiene: —Guarde usted ese documento, no queremos saber nada de él... Martínez Campos, indeciso, mira a los jefes cubanos. La expresión de estos no deja lugar a dudas. Pregunta a Maceo: —¿Volverán a romperse las hostilidades? Y maceo responde, tajante: —¡Volverán a romperse las hostilidades! La conversación solo ha durado un instante. Se acuerda una tregua de ocho días. Martínez Campos y sus acompañantes abandonan el campamento mambí. El grito entusiasta de un cubano le sirve de despedida: —¡Muchachos, el 23 se rompe el corojo! Para Martí, aquel fue el momento más glorioso de nuestra historia, donde se consolidó la nacionalidad cubana y donde se levantó la memoria de todos los que por ella habían luchado. (Tomado de Diario Granma). ¿Por qué Baraguá? Desde el inicio de la Guerra de los Diez Años resultó evidente la falta de unidad revolucionaria que impidió a la contienda perder su carácter regional y pasar a ser nacional; a la altura de 1877 algunos de los males que aquejaban a la Revolución habían comenzado a profundizarse con preocupante intensidad. Aun cuando se mantenía el patriotismo dentro de las filas insurrectas, las contradicciones generadas impedían el desarrollo de un plan único y coherente para lograr el triunfo definitivo. En esas circunstancias la duda comenzó a ganar espacio dentro del aparato político de la república. Por otra parte, la administración hispana incrementó su ofensiva militar con el ejército, en tanto, desde el punto de vista político ofrecía perdón y olvido a quienes se entregaran o depusieran sus armas y odios contra España. Y un poco de dinero para su sustento. La dirección mambisa, compuesta en su mayoría por miembros de la sacarocracia criolla, cansados de la lucha y sin verle un objetivo final satisfactorio, empezó a tambalearse en sus posiciones, aun cuando la intransigencia de algunos jefes cubanos y su fidelidad a los ideales patrióticos constituía un valladar para quienes veían la posibilidad de un proceso de paz con los colonizadores, sin que mediara el indispensable requisito de la independencia. El diez de febrero de 1878, de común acuerdo con el general Arsenio Martínez Campos, una parte de la dirigencia política de la Revolución firmaba en San Agustín del Brazo, el documento conocido por el Pacto del Zanjón, que ponía punto final a la guerra grande. Martínez Campos se marchó de aquel lugar molesto; no pudo lograr la pacificación del oriente del país ni envolver a los líderes populares que, a partir de ese momento, estuvieron al frente de las fuerzas independentistas y rescataron el honor de la Patria. Maceo y sus hombres sabían lo que habían olvidado otros cubanos: si el poderoso ejército español, formado por más de 200 000 hombres, y más de 30 000 cubanos guerrilleros, no había podido derrotar a los 8 000 patriotas, que en su mejor momento integraron el Ejército Libertador, no lo lograrían jamás por la fuerza de las armas y se valían del halago, la prebenda y la avaricia, para que dejaran caer la espada. La Protesta de Baraguá sobrevivió a la historia como el momento en que los cubanos, conscientes de su destino pusieron la libertad por encima de las comodidades y prefirieron seguir luchando, aunque en condiciones difíciles por el honor de los buenos, de la Patria y de la libertad. ANTONIO MACEO: Apuntes para una historia de su vida, de José L. Franco. INTERNET

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